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PREGÓN DE LAS FIESTAS DE SEPTIEMBRE DE CABEZUELA 2011
(MIGUEL - MOLUCO)
Cabezolanos, cabezolanas
(MIGUEL)
Señora alcaldesa
(MOLUCO)
Señores concejales
(MIGUEL)
Autoridades
(MOLUCO)
Reina y damas de honor
(MIGUEL)
Quintos y quintas
(MOLUCO)
Peñas
(MIGUEL - MOLUCO)
Buenas noches a todos
(MOLUCO)
Es muy bonito, emocionante, para cualquier persona que quiera a su pueblo, poder ser, a lo largo de su vida, en alguna ocasión, pregonero de sus fiestas y encontrarse, como hoy en este balcón, en este momento tan especial, ante sus paisanos.
Antes de empezar, queremos agradecer al ayuntamiento que nos haya hecho este regalo, este grandísimo honor.
Nos gustaría hablar con la naturalidad, con la tranquilidad de un día de almuerzo, de un rato cualquiera de estas jornadas que nos esperan. Pero no queremos olvidarnos de nada y vamos a leer un texto con lo que hemos ido pensando.
(MIGUEL)
Querido Moluco, hermano,
¿Quién nos iba a decir hace exactamente 25 fiestas (yo era quinto), cuando nos encontramos allí mismo en la puerta del Monteazul, sin conocernos, llenos de juventud, entusiasmo, alegría, pasión, que hoy estaríamos aquí los dos, en este solemne balcón dirigiéndonos a toda la plaza? ¿Quién nos lo iba a decir?
(MOLUCO)
Me acuerdo muy bien, como si fuese ahora. Miguel estaba tocando solo el tamboril en la calle. Nos vimos y, sin presentación ni preámbulo, empezamos esta amistad para toda la vida. Pasamos tres días seguidos de fiesta juntos sin parar ¡Qué burros éramos!
(MIGUEL)
Y hemos seguido disfrutando, ya no tan emborricados, de estas fiestas. Como otros que estáis aquí, otros que ya no están y otros que vendrán.
Porque otra cosa a lo mejor no, pero el tonto lo hemos hecho un rato.
(MOLUCO)
A lo mejor por eso nos han llamado para dar el pregón.
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Cuando la señora alcaldesa tuvo a bien requerirnos para esta hermosa ceremonia, pensamos los dos, cada uno en su casa, antes de llamarnos, que dar un pregón es cosa de uno. Una persona que decide lo que va a decir, monta su discurso y da la cara por sus palabras. Nos parecía raro subir los dos a la Panera.
Pero después hemos pensado que este caso es especial. Nuestra amistad nació en la fiesta, con ese amor a primera vista en el Monteazul. Y después, hemos pasado muchos años y vivencias juntos en la función. Por eso hemos creído que tenía sentido venir los dos juntos a hablar de nuestra fiesta, a trasladar aquí lo que hemos disfrutado.
Y una vez más vamos a torear mano a mano.
(MIGUEL)
De todas formas yo sigo pensando, en este vibrante momento, que la persona indicada para dar el pregón eras tú.
(MOLUCO)
No Miguel. El más adecuado eres tú.
(MIGUEL)
No tú
(MOLUCO)
Que no, que tú.
(MIGUEL - MOLUCO)
Es un honor. (abrazo como los toreros)
(MIGUEL - MOLUCO)
Cabezolanos, cabezolanas.
(MIGUEL)
Vamos a empezar.
Creemos que una de las ventajas para el pueblo de que demos nosotros el pregón y no un personaje honorífico venido de fuera (con todos los respetos) es que podemos dar más que hablar antes y después. Y así nos entretenemos todos. Además nos habéis podido decir por la calle qué queríais que dijéramos. La gente nos ha ido diciendo que digamos una cosa u otra y que no digamos esto o aquello. Pero en una cosa han coincidido todos: en que seamos breves.
(MOLUCO)
Hemos pensado que para arreglar esto rápido vamos a decir unos versos que me contaba mi padre, que en paz descanse. Algunos seguro que los conocéis. Son de la Puebla (una broma sobre el cura), pero cambiamos el nombre en un momento:
(MIGUEL - MOLUCO)
Muchachos de Cabezuela,
los del ancho cabezón,
hoy es día de buena olla
y de muy poquito sermón.
San Sebastián es un poeta
que está lleno de saetas.
Por este sermón que digo
vengan mis cuatro pesetas.
(MIGUEL)
¿Os parece corto?
¿Os parece largo?
Bueno. Nos toca hoy lanzar el chupinazo y dar inicio a las fiestas 2011. Dar paso al despiporre general.
Pues nada. Sed buenos, que haya respeto y pasadlo lo mejor que podáis.
¡Hala! Ya está. Ya os podéis ir a la taberna y a las peñas.
(Silencio. Bombo. Saludos)
Que no. Que es broma.
(MOLUCO)
Que niño tan cabrón. Como le ha gustado siempre quinchar.
Vamos a decir alguna cosa más. Que hasta ahora no hemos dicho más que bobás. Creo que al final esto va a ser largo. Es que somos dos, que es el doble de uno. Vamos a explicar un poco cómo hemos llegado hasta aquí. Empieza tú, Miguel Ángel.
(MIGUEL)
Queridos paisanos:
Vamos caminando por la vida y ese camino que recorremos tiene como telón de fondo un lugar protagonista que para mí es mi pueblo, Cabezuela. Nací aquí en la calle Picas y pertenezco a las últimas generaciones que veían la luz en sus casas.
Soy fruto de la pasión y el cariño de mis padres Antonio y Elena a quienes debo lo que soy, una mezcla de dos familias los Caceretes y los Arenales que lo tienen todo: arte, salero, trabajo, sacrificio, mucho amor y de quienes me siento muy orgulloso.
Qué decir de mis hermanos, Toñín “el grande”, David “el ingenioso”, Roberto “el dinamita”, Jesús “el bueno” con su inseparable Sonia “ojos azules” y, por supuesto, mi querida esposa “la dulce” Mari y mis joyas Olga y Alonso. En definitiva, mi familia a la que quiero recordar en este inolvidable momento.
Mi infancia fue maravillosa, feliz y aquí transcurrió. En las escuelas con sus estufas de leña, con sus maestros: D. Carlos, Dª Pepi, D. César (que entre otras materias nos impartía el inglés y a mi primo Juan Carlos “Cachis” y a mí nos daba la risa porque no entendíamos nada) y Dª Marisa que nos quería tanto que nos daba clases particulares también en su casa a las 10 de la noche algunos días.
Recuerdo también esas primaveras en las que las calles del pueblo se llenaban de animales de cuatro patas: caballos, vacas, machos, burros y burras que iban a pastar y a abrevar a la vega y a los prados, ¡Cómo disfrutaba montando en los machos de Ventura con su hijo Andrés!
En una de esas primeras primaveras entre los trigales nacientes, por aquí cerca, sentí la inolvidable emoción de mi primer amor.
Aquí hice junto a mi amigo César mis primeras escapadas a descubrir el mundo y a perdernos por él. Un día, camino de las barreras, otro camino de La Puebla, otro camino del cementerio,… No íbamos muy lejos, no. Pero por el barro que traíamos parecíamos llegados de los confines de la tierra.
Luego llegó la época de monaguillo con D. Desi en la iglesia y en la ermita (siempre tan bien cuidada por la cofradía del Sto Cristo). Con D. Desi vivimos un momento en que el pueblo estaba realmente vivo, con su equipo de fútbol (del que salió con el tiempo ese gran futbolista que ha sido mi quinto José Mª Pascual con el que tuve el honor de formar una delantera de escándalo, vamos ni Cristiano y Messi juntos), el de baloncesto femenino ¡Qué piernas!, el teleclub, el centro cultural San Dionisio, el cine con sus películas de dos rollos, la pista del Pub San Frutos donde hemos visto tantos amaneceres, … Y tantas y tantas actividades que nos unían y con las que reíamos y disfrutábamos.
Todo, amigos, todo lo importante en mi vida me ha pasado aquí, incluso mi mayor pasión y a lo que tengo la suerte y el placer de dedicarme: ¡La música!
Primero con Miguel “el gaitero” que me enseñó a tocar el tamboril con dos cucharas encima de una mesa y con el que vi por primera vez lo bien que baila y se divierte este pueblo desde el escenario de madera que había aquí en la Panera.
Luego, la dulzaina que, de manera mágica, tocaba el maestro Alfredo y al que acompañaba Fernando al tamboril. Con ellos empezamos: José el de Gonzalo y la Bernardina, Florentino el de Marcelino y la Patro, y un servidor.
Este fue un momento en el que los grupos de danzas que dirigía magistralmente nuestro recordado y admirado Alejandro Lobo eran los mejores embajadores de Cabezuela. ¡Cómo bailaban la jota Mª Jesús, Mar, Chus, Choni, Carolina y todas las chicas que pasaron por ahí! ¡Cómo paloteaban los chicos! ¡Qué bestias!
Después, gracias a mi padre que, empeñado en que alguno de sus hijos le tocara la Parrala algún día, puso el saxofón en mi vida.
Con Juan Huertas, Paco el cura, Frutos el aparejador y Jesús Goriche iba a aprender con el maestro Juan Manuel allá lejos a Ayllón. Y a lo mejor no conseguimos ser la mejor charanga del mundo pero ¡Cómo nos lo pasábamos!
¿Os acordáis de la Mari Carmen o la casita de papel?
Y mi gran suerte no acabó aquí. Con el tiempo, ya dando mis primeros pasos como enseñante formamos un grupo emblemático: “Los Lolailos” ¡Qué entusiasmo! ¡Qué ganas! Y cuánto aprendí de: Manuel, Ismael, Mauricio, Chus, Isi, Marcos, José Mª, Julián, Jesús el de la Justa, Luis, Virgilio, Dani y Amador. ¡Vaya meriendas que nos llevamos por delante! Este grupo, por cierto, fue el principio de la banda de Cantalejo con la que tengo el placer de trabajar en la actualidad.
Pero no quiero pasar por alto una experiencia musical inolvidable para mí como fue tocar hace no mucho tiempo en estas nuestras fiestas con Ramón, Chencho y el espíritu de mi tío Justo, “Los Blusas” ¡Qué grandes!
Y ya para cerrar este torrente de emociones voy a referirme a ese acontecimiento histórico que tuvo lugar aquí en el verano de 2009, el estreno de nuestro himno. Y lo voy a hacer para resaltar lo mejor que tiene Cabezuela: su gente, todos vosotros, los presentes y los ausentes. En los ensayos no faltó de nada: buen ambiente, ilusión, grandes voces (que nos dábamos unos a otros), esa bota, que con tanto mimo cuidaba Ismael, que alegraba a los cantantes y a las cantantas. Y todo, para lograr lo que ocurrió ese mágico día.
En fin, todo esto es pasado. El presente y futuro está en manos de los cabezolanos empeñados en mantener viva la ilusión y las ganas de permanecer aunidos. Como ejemplo: las amas de casa con sus fiestas de Sta Águeda, el coro parroquial de voces celestiales que siempre están esperando nuevas incorporaciones (sobre todo, masculinas), las cofradías y el nuevo grupo de danzas que también está renaciendo con tanta fuerza.
Quiero destacar especialmente la labor del centro cultural y de entre sus muchas actividades una que merecería ser patentada y exportada: la cena en armonía, ejemplo de buen rollo y de convivencia entre vecinos de todas las edades.
Podría seguir y seguir. Tengo millones de recuerdos y anécdotas que me vienen a la mente. Nombres de personas insustituibles que me he dejado, perdonadme. Muchas historias que me han hecho sentir bien, que me han hecho feliz.
Y siempre, como decía al principio, como telón de fondo mi pueblo, Cabezuela.
Gracias y felices fiestas.
¡Hala, Moluco!
(MOLUCO)
¡Anda que no tiene cosas que contar Miguel! Este es cabezolano auténtico, de pata negra, un urniaco. Tiene para tres pregones. Creo que cuando sea más viejo tiene que dar el pregón otra vez él solo. Espero estar aquí para verlo.
¡Bueno! Yo no soy de pata negra. Soy simplemente veraneante. Soy un ejemplo en este pueblo de la historia de muchos españoles, muchos cabezolanos, que, en tiempos duros, tuvieron que cambiar sus vidas, dejar sus pueblos, para trabajar fuera.
Quiero recordar ahora a mis padres que, como sabéis, siempre tuvieron la vista puesta en Cabezuela. Creo que estarían contentos de verme aquí esta noche, en su pueblo. Les recuerdo siempre. Estoy muy orgulloso de ellos.
Como os decía, aunque veraneante, yo también quiero mucho a este pueblo y, a veces, pienso, no sé si será posible, en quedarme más tiempo.
En este pregón no puedo deciros, como hacen los pregoneros al uso, todos los nombres de los alrededores del pueblo. Tampoco puedo deciros los nombres de la gente, todos vuestros nombres. No me los sé, aunque me gustaría. Sólo puedo explicaros un poco cómo ha sido mi relación con el pueblo y con esta fiesta a lo largo de mi vida.
Tengo, de entrada, una de esas primeras imágenes de mi memoria. Es un recuerdo relacionado con las fiestas en el que era pequeño, pequeño: Estamos en esta plaza, en aquella esquina y uno de mis padres me lleva cogido en brazos. Había asientos de tablones, será cuando la plaza de toros se montaba aquí, y me pasan a los brazos de mi abuela Julia. Es muy borroso pero gusta recordarlo. Parecen otros tiempos, la prehistoria.
Con mis padres hemos ido viniendo los veranos en los años 60 y 70. Alguna vez vinimos en el tren, por la noche, con las maletas de cartón y los hatillos de trapos. Más tarde, tuvimos coche con baca, un Gordini y luego un Seat 850. El viaje era una odisea de horas y horas. Salíamos de madrugada y mi madre nos tapaba con una manta a mi hermana y a mí.
Era muy emocionante venir. Me gustaba mucho. El pueblo era diferente. Me gustaba cómo olían las calles, la casa de mi abuelo Esteban en el Paredón. Los sobraos. Había un montón de sitios que para un niño de ciudad eran misteriosos, extraordinarios. Delante de la casa de mi abuelo Juan, en las cercas, en los lavaderos he echado horas y horas a lo tonto de aquellos veranos infantiles. Iba mucho a jugar a la vega, a coger bichos, a cazar ranas en la laguna. Íbamos a Frades a pasar el día con mis tíos y con mis primos. Hablando de olores, recuerdo los ratos que pasábamos en el horno de Huertas, también cuando íbamos con el carro a cargar barrujo. Un año, nos llevaron en carro a vendimiar a una viña que tenía mi abuelo Esteban en los Cerros. Luego pisamos la uva en la pequeña bodega que tenía debajo de las tablas del zaguán. ¡Cómo lo pasábamos! Con mis primos, ya un poco más mayores, jugábamos por la noche en el parque, fumábamos algún primer cigarro, con las niñas. ¡Qué nervios!
Pasó la niñez y dejé de venir. Estaba estudiando y me quedaba allí porque trabajaba en los veranos. Tenía amigos y me olvidé un poco del pueblo.
Fui a la universidad y luego empecé a venir otra vez de veraneo. Aunque diferente de cuando era pequeño, me seguía gustando muchísimo. Siempre digo que aquí en Cabezuela hice mi segunda universidad. Era ingenuo, ignorante, decimos aquí. Quizás sigo siéndolo. Descubrí que los cabezolanos eran finos de verdad, mucho más finos que yo. Descubrí un humor, una gracia, un talento, una autenticidad en la gente, que me impresionaban. A veces, se reían de mi o conmigo. Nunca me molestó. Entendí que tenía que aprender, que me faltaba, que tenía que acercarme a esa visión de la vida que yo no tenía, pero con la que me identificaba.
Descubrí por entonces las fiestas de septiembre, en las que todavía no había participado. Disfrutaba a lo tonto. Empecé con las peñas de mis primos. Recuerdo el olor de las ramas y de la limonada. Me lo pasaba muy bien. Ese mundo nuevo era deslumbrante para mí. Luego conocí a este señor y todavía me metí más en la función. He disfrutado y disfruto muchísimo.
He seguido viniendo al pueblo ya fuera de las fiestas. Tengo mi pequeña casita, mi referencia. Mi mujer siempre dice que en estos tiempos modernos es una suerte tener un pueblo. He descubierto nuevos aspectos de la vida cotidiana. He descubierto que la gente no está siempre de fiesta como yo a veces pensaba cuando era más joven.
He tenido el privilegio de estar en el nacimiento del Himno de Cabezuela. Ha sido un evento que nos ha proporcionado ratos muy emocionantes.
He descubierto también el paisaje, en el que antes no me fijaba tanto. El paisaje de esta tierra me conmueve profundamente, me siento reflejado en él. No me canso de venir.
Bueno, y esta es mi historia de cabezolano resumida.
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Pero también querría hablar de las fiestas de Cabezuela de septiembre, de cómo yo las entiendo. Porque este es el motivo que nos ha reunido aquí y por el que he subido hoy a este balcón.
Empecé a venir a las fiestas un año después de mi quinta, yo no he sido quinto aquí. Nunca había visto una fiesta tan participativa, tan espontánea. Me sorprendía que, sin estar preparado, la gente se inventase tantas cosas para divertirse y divertir a los demás, que se preparasen tan gordas. Me sorprendía que la gente fuese tan generosa, tan acogedora. Que no hubiese conflictos. Creía que aquí vivía la gente más buena del universo.
La fiesta me parecía un ritual, una liturgia que llevaba a un estado de éxtasis, de desparrame general. Era como una medicina, una sana terapia para los individuos y para la colectividad.
Un año llegué a pensar esta graciosa teoría: Los tres días de fiesta con sus cañas, la música, la falta de sueño, los almuerzos, las bromas, los juegos… eran la preparación del momento álgido: la conga del último día. La fiesta entera se hacía como preparación de esa conga en la que todos bailábamos juntos, sintiendo un emocionante cariño hacia todas esas personas con las que estábamos ya despidiendo la función. La fiesta había consistido en regar nuestra unión, en crear complicidades. Y en esa conga sentíamos, con nostalgia y con alegría, el cariño que habíamos ido construyendo, sentíamos intensamente nuestro pueblo.
Han pasado unos cuantos años, pero sigo creyendo en esa idea de la fiesta medicinal, como una herramienta para construir armonía en el pueblo.
Bueno, ya he acabado.
Estoy muy contento de estar aquí de pregonero, de compartir este lugar con mi compadre Miguel, una persona que como tantos de vosotros me ha enseñado muchas cosas en esta universidad de Cabezuela.
Estoy contento de estar en este pueblo que forma parte importante de mi biografía, desde mis más tempranos recuerdos, desde mis antepasados, mi sangre.
Estoy contento y orgulloso de pertenecer, aunque sólo sea un poco, de formar parte de Cabezuela.
(MIGUEL)
Bueno, bueno, Moluco. Como me ha emocionado escucharte. Nuestro pasado, nuestros recuerdos…
(MOLUCO)
Y a mi, y a mi.
Vamos a dar ya la salida. Aquí estamos. No somos gente famosa, ilustre pero hemos vivido con amor, con respeto, con intensidad estas fiestas.
Valorándolas siempre como esos días especiales, que nos transforman y nos hacen mejores, que dan lustre al pueblo, que nos convierten, todavía más, en una piña.
Ya no tenemos la juventud y la energía de hace 25 años. Pero aquí estamos. Que lo veamos muchos más.
Vamos a convertir, una vez más, Cabezuela en un lugar de magia, en un patio de colegio en el recreo, en un parque de atracciones. Sin rencillas, con respeto como siempre, un espacio de fantasía, de humor, de cariño, de armonía.
(MIGUEL)
Vamos a vivirlo intensamente.
Te acuerdas, Moluco, cómo hemos intentado vivirlo todo, no perdernos nada: el encierro, la noche, los almuerzos, el vermú, los toros, las verbenas…
Cómo hemos disfrutado las revoladas. A veces con mucha gente, con bullicio, con multitud. Y otras revoladas, que también eran bonitas, en las que quedábamos cuatro.
(MOLUCO)
O tres, o dos. Porque cuando el tonto coge la linde…
(MIGUEL)
Y entre las risas, hemos tenido la sensación de contemplar la esencia de este lugar: el paisaje, la mañana, el pasado, la bruma, las lomas, los campos… Era como sentir la respiración del pueblo, los latidos de su corazón.
Era como si tuviésemos una misión, estábamos intentando construir algo, haciendo un ritual, viviendo la magia de la función que bañaba al pueblo.
(MOLUCO)
Estas fiestas son grandes. No echo de menos irme de viaje en estas fechas. Porque la función para mí es un viaje, una aventura. Con momentos para todo, con situaciones inesperadas siempre buenas, sorprendentes.
Es una ceremonia en la que creamos, inventamos una burbuja, un mundo especial, en el que todo es posible. Esa es la fiesta en la que nosotros creemos.
Luego queda la nostalgia ya entrando al otoño, un año más.
Pero durante estos días uno puede llegar a pensar que el mundo es amable, que hay instantes en los que el mundo es perfecto.
(MIGUEL - MOLUCO)
Cabezolanos. Cabezolanas.
(MIGUEL)
Sed personas. Sed felices. Amaos.
Dad lo mejor de vosotros mismos.
Vivid el presente.
Bailad la conga.
Amigos, vamos a tener la fortuna de disfrutarlo juntos. De vivir, una vez más,
(MIGUEL - MOLUCO)
¡¡la mejor fiesta de nuestras vidas!!
(MIGUEL)
Vamos a recordar la copla:
(MIGUEL - MOLUCO)
(Recitado): Trabajadores sí somos
en buena armonía unidos,
caminando hombro con hombro
¿y en la fiesta?
¡¡¡los más finos!!!
(Cantado dos veces)
Lo decimos cantando
el amor a esta tierra,
lo decimos bien alto:
Somos de Cabezuela.
(MIGUEL - MOLUCO)
Viva el Santo Cristo
Vivan las fiestas
Viva Cabezuela